Hacia una economía sostenible

A lo largo de los últimos 25 años hemos asistido a un aumento constante de las preocupaciones medioambientales a todos los niveles y desde todos los puntos de vista. Desde el célebre Informe Brundtland, preparado por la Comisión Mundial para el Medio Ambiente y Desarrollo de la ONU en 1987 y que definía el Desarrollo Sostenible como “aquel que satisface las necesidades del presente sin comprometer las necesidades de las futuras generaciones” hasta las actuales preocupaciones por los efectos adversos del cambio climático, la desertificación, el uso desmesurado de combustibles fósiles para la generación de energía, la deforestación a gran escala o la pérdida de biodiversidad, el mundo se ha convertido en un lugar mucho más plano, tanto en lo que se refiere al tráfico internacional de bienes, servicios y capitales, como al ámbito de las preocupaciones humanas, sociales, económicas y medioambientales.

Ya desde el primer Informe se describían dos futuros: uno sostenible y otro que no lo era. El primero aboga por un modelo de producción y consumo responsable con la biosfera, de pequeña escala, local, menos contaminante y más limpio. El otro, en el que todavía estamos inmersos, vive de las rentas generadas por las materias primas no renovables, como el petróleo, el gas y el carbón, y hunde sus raíces en la desregulación y la globalización de los mercados. Es contaminante, generador de tóxicos, interfiere negativamente con la biosfera y, en multitud de ocasiones, genera desastres ecológicos y humanos con daños permanentes.

 

Para combatir este modelo necesitamos, globalmente, una economía sostenible que haga énfasis en el ahorro y la eficiencia energética, la conservación del medio natural, la reducción y la reutilización. Necesitamos proveernos de productos y servicios menos contaminantes y respetuosos con el medio ambiente, que tengan en cuenta toda la cadena de producción y consumo, desde la extracción de materias primas hasta el reciclaje.

Productos y servicios ecológicos

Y ocupando un lugar destacado dentro de la nueva economía verde, o eco-economía, se encuentran las empresas que proveen de productos y servicios ecológicos a una ciudadanía cada vez más sensibilizada y comprometida con el medio que la rodea.

Estas iniciativas, surgidas muchas veces a partir de proyectos sociales u organizaciones de la sociedad civil, responden a una demanda cada vez más importante de consumidores y consumidoras en todo el mundo.

En España, especialmente durante la última década, hemos asistido a cambios profundos en la mentalidad de la ciudadanía. Lo ecológico como sinónimo de “más saludable”, “más natural” o, sencillamente, “más calidad”, se ha posicionado como un elemento diferenciador importante en los mercados de bienes y servicios, fundamentalmente en el sector agroalimentario, aunque no sólo.

Los productos de aseo personal y limpieza del hogar, cosmética, textiles… muchos de ellos incorporan ahora criterios de sostenibilidad medioambiental a su producción y distribución (son productos ecológicos), y son numerosas las empresas que comercializan únicamente productos con estas características (empresas ecológicas).

Lo mismo está ocurriendo, a mayor escala, con el sector de la alimentación: empresas de catering, comedores escolares, pequeñas y medianas distribuidoras, restaurantes… todas ellas tratan de dar respuesta  a uno de los mayores desafíos a los que se enfrenta el planeta y, por ende, la humanidad, en el presente siglo: el actual modelo de desarrollo agrícola.

Pero ¿qué es realmente un producto ecológico?

Hasta qué punto un producto es ecológico lo tiene que definir el productor. Él o ella serán los que en última instancia tengan que probar científicamente, de cara a los consumidores, las características de su producto.

Para el sector alimentario existe una amplia gama legislativa que reconoce un producto como ecológico y, aunque normalmente se tiende a seguir el Reglamento (CE) Nº 834/2007 del Consejo Europeo sobre producción y etiquetado de los productos ecológicos, muchos no están de acuerdo con él, especialmente porque podría abrir la puerta a productos con sello ecológico que contuviesen trazas de organismos modificados genéticamente (OMGs).

Sin embargo, pese a la diversidad de etiquetas y regulaciones tanto internacionales como estatales y regionales, sí podemos proponer tres características compartidas, de carácter general, que convierten a un producto en ecológico: estar libre de agroquímicos durante su producción (fertilizantes nitrogenados, pesticidas de síntesis y otros aditivos artificiales), estar libre de OMGs (organismos modificados genéticamente) durante todo el proceso y haber sido obtenido a través de una agricultura de conservación, teniendo muy presente la relación entre la tierra y el cultivo en aras de la sostenibilidad tanto de la fertilidad de los suelos como de su riquísima biodiversidad.

Un producto ecológico es, por tanto, aquel que respeta el ecosistema en el que crece de forma integral: limitando el uso de energía y las emisiones de dióxido de carbono a la atmósfera, aplicando principios de precaución sobre transgénicos y productos de síntesis y conservando los suelos de forma sostenible.

Sin embargo, muchos consumidores y consumidoras que compran ecológico van más allá y, además de demandar unos estándares científicos mínimos que garanticen su origen natural, llevan aparejada una verdadera “filosofía” del producto ecológico.

Se trata de consumidores y consumidoras preocupadas por el medio ambiente en general, por su salud antes que por su aspecto, que compran también productos de comercio justo y prefieren consumir productos producidos localmente. Y, lo que es más importante: cada vez son más (ver: Estudio del perfil del consumidor de alimentos ecológicos).

Como podemos ver en el vídeo bajo estas líneas, los productos ecológicos (también llamados orgánicos o biológicos) gozan de mayor calidad que los convencionales. Según María Dolores Raigón, Catedrática de la Escuela Universitaria de Ingeniería Agronómica y del Medio Natural de la Universidad Politécnica de Valencia, los productos ecológicos conservan durante más tiempo sus nutrientes esenciales, como la vitamina C. Además, no degradan el suelo con fertilizantes de síntesis y respetan el equilibrio natural del entorno.

A esta investigadora le preocupan especialmente la recolección “en verde” de la producción tradicional y las grandes distancias que recorren los alimentos convencionales, los cuales terminan perdiendo buena parte de sus cualidades nutricionales.

Así pues, mayor fertilidad en los suelos, conservación de los nutrientes y sustancias antioxidantes, reducción de la huella ecológica o fomento de la biodiversidad son algunas de las características claves que diferencian un producto ecológico de uno convencional.

Filosofía ecológica

No obstante, como decíamos con anterioridad, las empresas de servicios y productos ecológicos no sólo dan respuesta a una demanda ciudadana de alimentación más saludable, sino que van más allá e “integran una visión compleja e interdisciplinar de todo el agrosistema (…) a través de negocios sostenibles y estrategias económicas, sociales, medioambientales y agropecuarias integradas, con el objetivo de conseguir un mundo rural vivo, con una sociedad próspera y justa y un medio ambiente limpio, seguro y sano” (Centro de Estudios Rurales y Agricultura Internacional (CERAI).

Nadie duda ya que las empresas de productos y servicios ecológicos son claves para la generación de empleo y riqueza en el siglo XXI. Numerosos estudios e informes de carácter global (OCDE, AIE, PNUMA) destacan el potencial del sector “verde” no sólo a la hora de generar puestos de trabajo dignos y liberar a los países de la tiranía de las materias primas no renovables, sino también porque fomentan un crecimiento sostenible y respetuoso con el medio ambiente.

Estamos, pues, ante un sector que apuesta simultáneamente por lo económico, lo social y lo medioambiental de forma integrada. Un sector que genera empleo, que responde a una demanda ciudadana (de abajo a arriba) y que ensancha las oportunidades de las pequeñas y medianas empresas que trabajan sus productos desde lo local.

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